Admiro la fuerza que tienen las madres cuando ven que sus hijos no pueden criarse como las familias normales a pesar de toda esa impotencia acumulada.
Admiro la valentía de aquellos que sufren enfermedades crónicas como el cáncer, y que, a pesar de que el mundo les venga encima, prefieren asumirlo y afrontarlo.
Admiro la sonrisa que plantan en cara las personas que sufren síndrome de down. Son felices a pesar de la desgracia que les ha tocado. Son felices a pesar de que no tienen las mismas habilidades que otras personas no valoramos.
Admiro el coraje de madres jóvenes que se ven solas en el mundo. Ese coraje de llevar adelante a su hijo. La fuerza y la valentía que eso requiere.
Admiro la emoción que sienten los tercer mundistas cuando consiguen un simple vaso de agua. El cómo valoran lo mínimo.
Admiro la superación de lo insuperable.
Y entonces es cuando me pregunto que porqué me encuentro llorando en una esquina de mi habitación. Con cama, con sábanas limpias y con un techo que me protege de hasta un dilubio.
Jamás conseguiré ser como esas personas. Quisiera adquirir toda esa fuerza y coraje que sienten cada uno de sus días.
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